Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
Cuatro siglos han pasado desde que Teresa de Ávila, escribiera estos versos. Unos versos que, quién lo diría, toman virtualidad en el siglo XXI. Una virtualidad que se aleja del misticismo de la santa; y se acerca a la realidad cotidiana en la que nos encontramos en estos días.
"Vivo sin vivir"
Esto es lo que sentimos muchos españoles en estos aciagos días en los que "Estamos vivos, pero no vivimos".
No es lo mismo estar vivos que vivir. Mientras nuestro corazón permanezca latiendo, es cierto que estamos vivos biológicamente; sin embargo, vivir, es mucho más. Vivir es poder hacer uso de libertad y voluntad; poder desarrollar todas nuestras capacidades intelectuales, físicas y afectivas; y, por supuesto, sociales.
Si estas potencias del hombre están restringidas, el hombre no vive, aunque su corazón esté latiendo, y sus pulmones exhalen aliento.
Desde hace dos meses, sesenta días, los españoles hemos dejado de vivir, para simplemente estar vivos. No todos por desgracia. Demasiado tiempo en el que nuestras capacidades y potencialidades están en estado de hibernación inducida. Unos ciudadanos están en un estado de sedación inducida en los hospitales; y otros muchos millones estamos sedados en nuestras casas.
Nuestra libertad, nuestra voluntad, nuestros sentimientos están cautivos; tanto por las leyes como por el miedo. Principios como el amor, la amistad, las relaciones sociales; en definitiva la vida, está cercenada; mientras, los que nos sentimos prisioneros sin haber cometido delito, nos hacemos muchas preguntas; demasiadas preguntas. No en vano nos han dejado mucho tiempo libre, y permanecemos prisioneros en nuestras celdas.
Enjaulados como monos hemos desarrollado todo tipo de trastornos psicológicos, aunque muchos no sean conscientes de ello. Y, el más importante trastorno que se manifiesta en nosotros, es, que el Hombre está dejando de ser un "animal social".
El miedo que nos atenaza ha desarrollado un síndrome de rechazo hacia los demás. Incluso hasta nuestros propios familiares, a los que no abrazaremos, ni besaremos. No estrecharemos la mano a modo de salutación hacia nuestros amigos, o conocidos.
El hombre español, ha dejado de vivir en comunidad. Se ha encerrado en su propia cárcel, y no tiene relación afectiva real con sus congéneres; por mucha fanfarria balconera que se nos quiera presentar como la nueva manera de interrelación personal.
Nuestro espacio vital de seguridad se ha ampliado hasta límites insospechados; dejando de vivir en sociedad para vivir en la individualidad.
Todo ello nace del miedo. Un miedo acrecentado, no sé si con razón o sin razón, por gentes interesadas.
Los soldados que combaten en los frentes; los mineros que bajan a las entrañas de la tierra; los bomberos que se juegan la vida entre las llamas; todos ellos, tienen miedo. Pero, de la misma manera que lo tienen, son capaces de superarlo, y sobreponerse a él. El soldado sabe que corre el riesgo de morir en el frente de batalla; el minero, sabe que una explosión de grisú, o un derrumbe hará de la mina su última morada; el bombero, sabe que un cambio en la dirección del viento hará que su cuerpo sea pasto de las llamas.
Todos ellos tienen, no obstante, un punto de convergencia: viven. No solo sus corazones laten; laten también, sus sentimientos y cuando el peligro termina y el miedo desaparece; son lo que todo hombre es: un animal social que, besa a sus seres queridos; abraza a sus amigos; y grita en las gradas de un estadio animando a su equipo favorito, e insultando al árbitro que ha pitado un penalti injusto contra su equipo.
Todo eso nos lo han quitado. Mucho tardaremos, aunque la enfermedad desaparezca, en ser lo que fuimos; quizás solo nos quede lo que la santa de Ávila anhelaba: Morir por no morir.
Por ello:
Si yo pudiera unirme
A un vuelo de palomas
Y atravesando lomas
Dejar mi pueblo atrás
Os juro por lo que fui
Que me iría de aquí
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